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En la actualidad están proliferando los casos de violencia ascendente, de los hijos hacia sus padres, y es inevitable pensar si se puede deber a un estilo educacional más permisivo, o a una sociedad más tolerante con la libertad individual, o bien, si se les transmite a los hijos el mensaje de que lo más importante en el mundo son ellos, que disfruten de la vida y se están dejando de lado muchos valores como el compañerismo y el respeto, lo cual nos convierte en individuos hedonistas preocupados únicamente por encontrar la felicidad y satisfacer nuestras necesidades.

El debate está abierto; pero más allá de estas conjeturas de tipo socio-educativo, en este post trataremos de aclarar cronológicamente cómo determinados encadenamientos de sucesos y actitudes relacionales pueden derivar en esta situación.

En primer lugar, debemos tener clara una premisa básica y es que cada padre/madre/cuidador hace lo mejor que sabe o puede. No se trata de juzgar ni criticar ningún tipo de actuación o medida, simplemente tratemos de entender cómo se puede llegar a situaciones tan graves y dolorosas para todos y cada uno de los miembros de la familia.

Es evidente que cada familia es diferente y tiene su propia estructura, reglas y características únicas, sin embargo se ha tratado de encontrar algunos de los aspectos comunes en aquellas familias que se encuentran inmersas en una situación de violencia filio-parental:

  1. No existe una jerarquía clara, bien porque los progenitores han dejado de ejercer la autoridad, o porque son incapaces debido a una rivalidad entre ellos, han renunciado a esa responsabilidad.
  2. Se percibe un intento por proteger la imagen familiar, la sensación de fracaso y de vergüenza suele hacer que nieguen los hechos, lo que instaura un secreto familiar (especialmente dañino en cualquier familia), podría decirse que la comunicación de esta familia se va extinguiendo ya que son múltiples los temas de los que no se puede hablar, unido a la distancia que se va produciendo entre los miembros. La necesidad de mantener esta imagen también les va aislando del mundo exterior, lo que hace que se reduzcan los recursos de los padres y las redes de apoyo, reforzando el secreto familiar.
  3. Por último, suele estar presente una fusión emocional entre el agresor y el progenitor agredido antes de la conducta violenta, entendiendo ésta como una forma de alejarse de la situación asfixiante en que se encuentra.

Esta unión que en un principio satisfizo a progenitor e hijo ha terminado siendo intolerable para el menor, ya que el primero encontraba consuelo (probablemente debido a sus problemas maritales) y el segundo obtenía los privilegios de ser el favorito entre los hermanos o de tener la protección incondicional de un progenitor.

Este tipo de situaciones suele darse en la adolescencia. Debemos tener en cuenta los cambios y necesidades propios de la adolescencia que empujan al joven a separarse de la familia. Es especialmente importante advertir que los hijos no tienen libertad para decidir la distancia con sus progenitores, cuando se produce esta unión suelen ser pequeños y obviamente no tienen capacidad para pensar en las consecuencias de esta relación a largo plazo, es muy tentador para un niño ver que puede ser el favorito y disfrutar de su progenitor a todas horas. Esta excesiva proximidad conlleva a una confunsión en planos jerárquicos.

A nivel terapéutico nos encontramos con varias limitaciones que han de ser abordadas con delicadeza: el mayor peligro de la negación es que se toleran niveles muy elevados de agresividad hasta que deciden enfrentar la situación y solicitar ayuda; por otro lado, los padres podrían no colaborar ya que han definido su situación como irresoluble y si el terapeuta logra avanzar se verían obligados a reconocer que tuvieron alguna responsabilidad en la situación; habitualmente nos encontraremos que debido a la ausencia de jerarquía habrá un menor parentalizado y es primordial sacarle de esta posición tratando de reforzar el sistema parental; uno de los posibles mantenedores de la violencia es que el menor percibe los beneficios de ésta (todo ellos entendido a un nivel no claramente consciente) y ha logrado el distanciamiento parcial, obteniendo un gran control, por lo que será fundamental hacerle ver los beneficios de la no violencia y ofrecerle una alternativa sana para alcanzar progresivamente su individuación (tan necesaria en la adolescencia); otro aspecto que actúa como mantenedor es que la situación agresiva suele desencadenar una gran calma, progenitor e hijo después de pelear se sienten tranquilos y aliviados de poder estar juntos de nuevo, la violencia se convierte en una vía para expulsar la tensión acumulada.

Esto implica que se refuerce la violencia pues no existen repercusiones negativas a la conducta violenta, es más, muchas veces el padre o el hijo no cesan en su empeño hasta que se produce la agresión, como si buscasen ese desenlace.

Resulta llamativo que muchas de las reacciones de los padres contribuyen a reforzar la violencia y puede hacer que nos planteemos, como profesionales, qué mensaje debemos transmitir a estos padres cuando en consulta nos pregunten cómo deben reaccionar. Por ejemplo, sugerirles que en situaciones de violencia no respondan ni con agresividad, ni tratando de calmar ya que presentarán una imagen de superioridad o de debilidad, respectivamente, sino que informen al menor de que cuando se calmen hablarán con él.

Sin embargo es demasiado utópico ya que sabemos que los padres también participan de este arrebato de violencia, así que primero habría que trabajar con ellos para que asuman su responsabilidad, retomen el control y se sientan capaces de frenar esta situación.

Así como trabajar el posible conflicto entre ellos o distanciamiento emocional. Podemos encontrar diferentes situaciones: un hijo triangulado o fusionado con un progenitor, rivalidad entre progenitores, etc. es importante evaluar en qué estado se encuentra la familia.

Un detalle que no debemos olvidar es que en la violencia filio-parental se alternan los roles de verdugo y víctima, por lo que hay que tener cuidado de no señalar una etiqueta fija y hablar de la situación en lugar de los personajes, es decir, contemplar todas las escenas en las que se produce violencia física o verbal, no sólo las del hijo hacia el padre.

No debemos olvidarnos de la importancia de la prevención, y de la responsabilidad que todos, como miembros de la sociedad, tenemos. El entrenamiento a los padres en habilidades y estilos educativos adecuados, así como la detección de indicios tempranos son fundamentales.

Desde Jurismedia nos gustaría compartir el primer Congreso de la Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental, que tendrá lugar en Abril de 2015.

**Artículo basado en Psicoterapia de la violencia filio-parental. Entre el secreto y la verguenza. Pereira (2011).

Alejandra Lucas, Psicóloga Jurismedia

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